domingo, 14 de octubre de 2018

Nautla y el Norte. Crónicas familiares


Hay un ciudad, otrora pueblo, en la rivera del Golfo de México, cómo tantos otros hermoso. Nautla es el lugar donde nací. Es un lugar paradisiaco, siempre y cuando no haya norte, de manera el clima cambia a viento frio y rachas con velocidades que se llevan nuestro cabello, por eso se debe de sujetar perfectamente. La abuela decía que teníamos que agarrarnos el pelo como mogote.


Dice la abuela que conoció a una tal Nahui, no sé sí referia a una alucinación, o a una persona. La abuela nunca creyó en chaneques, ni nada por el caso. Pero dice recordaba a una amiga de México, de allá de la ciudad. La abue gustaba caminar hasta la playa Maracaibo, cerca de la barra. Decía que las tardes le recordaban a aquella mujer. Qué la conoció tomándose una fotos encuerada, que así la mantuvo en su mente, mucho tiempo.


Incluso la visitó por allá, en México, donde tenía muchos gatos. Un barrio de muchas pulquerías. Mi abuela la visito unas veces, nunca me preciso el número, solo sé que la visitó tantas veces que siempre me recordó que nunca olvidaría sus ojos verdes. Me decía que sus ojos verdes era un fulguración de la vida, nunca entendí, pero lo que sí supe es que era algo más que calentura. La abuela era muy seria con esas cosas.


Se casó aquí, en su natal Nautla, apenas tenía los 10 años. Se casó con Don Casimiro, el señor que manejaba el camión de los ultramarinos. Por lo que mi abuela conocía desde Casitas hasta Cordova muy bien, así como de Valle de Palmas hasta Veracruz. Pero dice que le daba muy mala vida. Se casaron después que la desvirgó, la abuela caminaba cerca de la carretera, nomás vio pasar un camión como el diablo. Paró. Bajo del bólido un señor gordo, no le dijo nada más, el gordo le dio un cachetadón que solo la despertó el dolor de la entrepierna.

Después, todo pasó rápido. Le pidieron la mano a la bisabuela que vendía cordeles los domingos en el mercado de Nautla. La bisabuela le dió tremenda moquetiza a la abuela. Qué porque andaba de caliente. El Don Casimiro, nomás la trajo consigo un mes después de casados. Luego ni se acordaba de la abuela, que un día le dijo que no más de aquello, ya le había pasado bichos y cosas a la entrepierna.


Don Casimiró murió en una curva rumbo a Veracruz. Todos dicen que lo mató algún amante celoso, ¿quién puede saberlo? Ese señor lo hacia todo a la mala, hierba mala no dura. La abuela solo administro el capital de aquel viejo, con una indemnización que le dio el señor de los ultramarinos, continuó con el negocio de los cordeles. La bisabuela ya había perdido la vista para esa época. Así que sus últimos días no fueron tan malos para ambas, pues se acompañaban.


Fue después de la primera luna, finada la bisabuela, mi abuela salió a caminar a la playa Maracaibo, cerca del río Filobobos, que en ocasiones, de acuerdo a las lluvias o los huracanes formaba la barra, la barra de Nautla. Curiosamente visitó una tramo de la barra donde era peculiar que se formará. Cuando iba caminando, vio a un hombre y una mujer a lo lejos. Se acerco. Observaba que en la playa alguien tomaba fotos a una mujer que se revolcaba en la playa, encuerada.


Esa era la Nahui de mi abuela. Esa fue. Presenció hasta entrada la tarde, como el señor fotógrafo no perdió ocasión de dar click y click a su cámara vieja. Cuando se fueron, la abuela se prometio volverla a ver. Así qué investigó, supo donde se hospedaba y donde comían. Antes de dos días, la abuela le ofreció sus cordeles a la Nahui, ella no la rechazó, le dijo que le habían gustado. Pero no le compró nada.


Se hizo la encontradiza, la volvió a ver otras veces. Una noche, que olía a humo, a ese humo que arroja la fibra del coco, sintió una mirada bajo una enramada. “Ángeles, ven”, ordeno una voz, la abuela entre temerosa y aventurera se acerco. “¿No me conoces?” se escucho una voz de mujer. “Soy yo, Carmen, Carmen Mondragón”. La abuelita se quedó entre inquieta y entusiasmada.

Mi abuela se acercó a la enramada. Pronto fue parte de una conjura de besos de Nahui, mi abuela no hacia sino llevar con igual pasión y desenfreno la sesión. Nahuí la jaló con rapidez a la cabaña que rentaba con el fotógrafo. Con el aroma a noche, se quisieron una a la otra, no sólo esa noche, dos más en Nautla. La última, sin prisa, poco a poco, fueron reconociéndose, como sí en eso les fuera la vida.


Nahui, salió hacia México aquel tercer día después de saberse con mi abuela. La abuela trató de buscarla en la ciudad, pero fue en vano, no dejó dirección. Su viaje al a ciudad le valió un robo, intento de asesinato, uno de violación y otro de ser acusada de promiscuidad. Recuerda que llegó a la estación de ferrocarriles de Buenavista, a partir de ahí todo fue contrariedad, confusión, frío y hambre. Llegó a los alrededores de la Merced, el Zócalo y una parte de Reforma, nada. Decidió regresar a su natal Nautla.

Tres años después, conoció a Eufemio, un buen hombre que como es tradición en la familia, perdió la esposa, una ola se la tragó. De la relación de Eufemio y mi abuela, nació mi madre, Isadora. La única niña, pues mi abuela decidió no tener más hijos, así que como mujer de avanzada en Nautla, fue de las primeras mujeres que se ligo las trompas, ninguna mujer en el pueblo quería, decían que se volvían locas, estériles o lo peor que se volvían machos. Lejos de todas aquellas obsenidades, la abuela creyó en la rigurosa ciencia de la medicina. No sucedió nada, “solo tuve una vida digna”, decía la abuelita.


A los cinco años, recibió una carta con remite de Carmen Mondragón, no pudo más que brincar de emoción, lagrimas en los ojos, mientras tejía, tejía el cordón. Después de leer la carta, la abuela fue toda emoción. Al siguiente día, alistó sus cosas, fue a vender cordón a la plaza como todo los domingos y en la noche salió a México, segura de encontrar a la ingrata de Nahui.


Se encaminó al autobús, que la dejaría en Veracruz. Ahí, tomaría el ferrocarril para la ciudad de México. Eufémio, le preguntó por qué ir a buscar un comprador a la ciudad de México, por qué no más cerca, Veracruz, por ejemplo, pero mi abuelita lo convenció que los veracruzanos tenían la mentira atravesada, como los conquistadores, supongo que se refería a los españoles. “Te acompaño entonces Ángeles”, le decía el abuelo. Ella contestaba resuelta que en el siguiente viaje, que tenían algunos pedidos, si los dos se iban no terminarían. Él tan solo aceptó.


Después del largo viaje en ferrocarril, la recibió el mediodía urbano. Con cierto trabajó llegó al centro, cerca de la calle de Moneda, donde vivía Carmen, en el último piso, de hecho vivía en la azotea de un edificio. Tocó la puerta, pero nada, nadie abría. Se quedo fisgoneando por ahí, decidió esperar, pero antes bajó y buscó algo de comida, algunas fritangas de la calle, comió, saciando su hambre. Regreso a la entrada del cuarto, se acurrucó en el lavadero y se quedó dormida.


La despertó un beso. “Angeles”, le dijo Nahui. Nuevamente los besos, la pasión, la noche de México y el temor de la separación. Amaneció con hambre, “vamos a comer," le dijo Nahui, desayunarón huevos y chilaquiles, en una fonda. “Me tengo que ir, le dijo, toma las llaves, ¿llegarás antes de las seis?”, la abuelita tan solo respondió que sí. Se despedía su amor de siempre. La abuela aprovechó para ir la Merced y ofrecer su mercancía, pero pagaban poco, no se podían costear los pasajes.

Llegó la noche, con ella la fiesta y el cuerpo de Nahuí. Repitieron el ritual, fueron a la fonda y Nahuí se despidió de beso esta vez, la abuela con un rojo encendido de la pena, solo agachó la cabeza. “Vamos niña, pues ni que fuera cosa del otro mundo”, le dijo Leonora, la camarera de la fonda. Solo se sonrieron.


Cansada de su búsqueda, se sentó en un umbral, dejando caer su mercancía al suelo, pasó una señora, observó los cordeles, como trabajo de especialista, preguntó “¿quién los hace?”, “yo y mi esposo” dijo la abuelita. A partir de ahí trabó un negocio y una buena amistad. Rigoberta era diseñadora, justo buscaba tiendas para comprar cordones para su tienda de cortinas, que iba viento en popa.


Tardó en llegar, a la casa de Moneda. Nahui tenia café caliente y un par de besos para mi abuelita. Contenta, le contó sobre su negocio con Rigoberta, así que festejaron con aguardiente que compró en un estanquillo cerca de la Candelaria. El siguiente día fue de terror, la resaca le obligó a vomitar varias veces en el carro de ferrocarril, cuando llegó a Veracruz, la tranquilizó la brisa y la tarde no tan calurosa. Alcanzó a tomar el último camión que la dejaría en Nautla.


Eufemio la recibió contento. Apenas platicaron sobre el negocio que venía, Eufemio se abalanzó contra la abuela, exigiendo una cadena de besos. Ella solo se dejó ser, con el viaje, la noche se volvió plácida, cercana al murmullo de las olas. Le gustaban sus dos amantes, un hombre y una mujer. La abuela estaba contenta, no podían ir mejor las cosas. Aquellos últimas días hacían que valiera la noche en Nautla.


Me tengo que guardar. Llega un norte. El frío ya se deja sentir. Con los nortes vienen los sueños de mi familia, estoy segura que ahora vendrá Timoteo, un familiar que dicen participo en la Batalla de Camarón de Tejeda. En esa pelea por allá por 1863 que se enfrento a un tal Zuccoloto. Pero no lo sé, tendré que preguntarle en mis sueños, sí esos mercenarios apestaban como dicen, no me interesa preguntarle por la valentía de aquella legión extranjera de brutos, al fin humanos, al fin hombres.

lunes, 20 de agosto de 2018

Entrevista de trabajo



...larga es la senda del perdedor



El rapport es la armonía generada entre dos personas en una situación común. Utilizada para obtener información por científicos sociales, psicólogos, trabajadores sociales, etc. Es parte de la técnicas diversas para saber sobre las condiciones del individuo o de algún grupo social en específico. Por supuesto que a todos favorece este fluir dentro de la tensión generada en el encuentro de dos personas. Se dice que es un arte, necesario para los contactos labores.

Alberto entró a ese jardín circundado por terrazas de roca basáltica, humedad hasta las esquinas, estructuras de concreto con sendos jardines que solo hacían pensar en un clima generado por algún bosque, con un suelo negro, lleno de hojarasca que mantenía el agua en el subsuelo. Pasando el primer jardín, se extendía un edificio de 4 niveles donde se situaba el colegio. Franqueado por altos pinos, combinados con encinos. Frente al edificio teníamos una serie de canchas de futbol, tenis, voleibol y un espacio de usos múltiples.

El guardia de seguridad le indicó que esperará en el sofá de la coordinación general, el espacio estaba lleno de cubículos divididos por puertas de aluminio y cristal. Decidió sentarse en el mullido sofá. Giró la cara, un hombre a lo largo del corredor le sonreía, llegó a la coordinación extendió la mano amigablemente. “Hola, soy el profesor Jesús”. “Soy Alberto”, respondió. Le hizo pasar a uno de los tantos cubículos. Cerró la puerta. Comenzó el interrogatorio: ¿dónde vives?, ¿eres casado?, ¿qué tiempo hiciste hasta aquí?, ¿estas dispuesto a trasladarte hasta este lugar diariamente?

Alberto respondía con claridad. Pericia. Paciencia en las 34 preguntas que realizó el profesor Jesús. El rapport fue una construcción benéfica, que más tarde el investigado asocio con una suerte de juventud, paciencia y generosidad por parte del profesor. No tardo más de 30 minutos en aplicar las preguntas. Pasarón pronto con Miss. Lola Estuardo. Así, que salieron de las paredes de cristal y aluminio, caminaron por el corredor central.

El cubículo de Miss lola Estuardo tenía en el fondo una pintura con colores pastel, le daban vida a aquel pequeño espacio, realizado con la técnica puntillista, la escena contenía a una mujer caminando en una calle, de edad indefinida que asemejaba los dibujos de los niños de kinder, donde las ventanas y las paredes parecían no tener el concepto de tiempo o semejanza con ninguna otra. Comenzó el segundo interrogatorio. Una mujer delgada, entrada en los cincuenta, con exceso de maquillaje y un cabello lacio con color ocre comenzó a hablar con Alberto.

Mujer dura, puntual, concreta. Preguntó sobre técnicas de enseñanzas, algún ejemplo sobre didáctica, el nuevo modelo educativo, las competencias. Él respondía, con más inseguridad, pero respondía con la mayor claridad a aquella mujer empoderada, entronada aquí quizás desde hacia 20 años, cuando sus hijos fueron saliendo de casa, sin preocupaciones más que la servidumbre que estaba al cuidado de la casa y la comida. Alberto sólo titubeó al final. Ella respondió que no esperaban un especialista del nuevo modelo educativo, de otra forma se contrataría a alguien para el puesto.

No hubo tanto rapport. Tratado como un ser elemental, Alberto se sintió pequeño. Tardó en ubicar lo sucedido en el cubículo de Miss Lola Estuardo. Lo cierto es, se le ofreció un sueldo mayor que el referido por el profesor Jesús. Posteriormente, fue llevado con las persona encargada de aplicar más de tres evaluaciones psicológicas; siete dibujos: persona de sexo masculino, femenino, un árbol una casa, la familia; dos historias sobre alguno de esos dibujos; haciéndolo esperar cerca de medio hora al finalizar éstas actividades.

Miss Ali Estuardo, así se llamaba la especialista en reclutar al personal, desde un principio se mostró amable y cálida. En realidad no había contraste con nada de lo que había presenciado, desde el paisaje boscoso, pasando por guardias de seguridad hasta administrativos, parecería que todo estaba para servir con un buen trato, cada quién con sus formas, pero siempre gratas y cordiales. Alberto tomó esa amabilidad como un mal augurio dentro de ese lugar húmedo, oasis de una megaciudad.

Alberto fue citado para el siguiente lunes, para terminar más evaluaciones psicométricas, de acuerdo a Miss Ali Estuardo, serían más pesados, así que acató la recomendación de llevar comida para acabar con las pruebas, que iban desde personalidad pasando por formas de conocimiento hasta inteligencia emocional. Cordial, la reclutadora se dirigió a la puerta principal de las instalaciones para despedirlo, quizás contenta de terminar en tiempo. Justo en ese momento, el sol apareció, pues toda la mañana y parte de la tarde el día era nublado.

Con hambre, Alberto se dirigió a su carro, donde guardaba una serie de frutas para solventar la mañana, o la tarde, aunque no pensó salir tan tarde de aquella serie de entrevistas, sin embargo, faltaban dos entrevistas más. Comió en el carro. Guardaba con esperanza, que le dieran ese empleo, después de dos meses y medio sin laborar, el pago no solo vendría bien, tenía planes para regresar con su psicoanalista, visitar ciudades cercanas a la megalópolis y cuidar mejor su alimentación.

El fin de semana, trató de realizar lo habitual. Lecturas, hacía tiempo que había terminado de leer el libro de 2666 de Roberto Bolaño, después de leer no lograba conectar con otra lectura. Había comenzado a releer libros que tenía en el librero. Por lo que tomaba algún libro a al azar y lo releía, días después, sin terminar de leer el libro por completo, elegía otra lectura y repetía el patrón. Quizás, era una respuesta de lo mal que la estaba pasando. Cerrarse a las lecturas... quizás no había buen nivel de rapport.

Recibió a la familia. Comieron. Habló con sus sobrinos, los cargó, jugó con ellos. Agarró la bicicleta e intento pedalear los 10 km que difícilmente podía llevar a cabo. Pero le sentó bien. El día sábado y domingo estuvieron nublados, por lo que la fatiga por la radiación solar no se presentó. Las noches fueron húmedas, el domingo incluso llovió un poco. Estaba listo para realizar aquel viaje a su segunda sesión de preguntas y respuestas. Durmió ocho horas, se bañó, se vistió y calzó para seguir con el proceso de contratación.

El lunes después de pasar por la caseta de vigilancia, se repitió el actuar de los vigilantes, le llevaron con Miss Ali Estuardo, espero media hora, pues no aparecía. Gracias a una mujer que hacia limpieza, amablemente se prestó a recordarle a la Miss. que Alberto la esperaba. Cuando se saludaron, al parecer ella había salido de una reunión con otros profesores. Se saludaron, el rapport, parecía, fluía. Caminaron por los corredores, parecía que cuando bajaban subían, debido al número de terrazas no era claro si la gente subía o bajaba, existía una confusión.

Al entrar a la oficina de Miss. Ali Estuardo parecía que no había aroma, predominaba por poco el desinfectante. Anexo a la oficina había un espacio con dos escritorios, un archivero grande y un par de sillas. Sin invitarle para que ocuparas un asiento, ella trató de organizar un espacio ficticio, después entró al cubículo contiguo. “Mira, pasa de este lado”, dijo. Puso a Alberto a trabajar sobre múltiples evaluaciones que iban desde hábitos de estudio, pasando por estilo de aprendizaje hasta vida cotidiana. Sumado a las otras evaluaciones, estaba en punto muerto.

Pero, no terminó sus evaluaciones, antes de terminar la primera hora, Miss. Ali Estuardo llamó a Alberto. Lo sentó frente a sí misma, sacó el dibujo que le había pedido días antes elaborar, su familia. Comenzó a preguntar sobre los hermanos, las hermanas, las sobrinas. Él se sobresaltó un poco, ¿desde cuando a las personas de recursos humanos están preocupadas por el mito del ser? ¿no eran pura conducta?, ¿no era puro neoconductismo?… pues bien, puras evaluaciones métricas.

Alberto respondía, a veces con lujo de detalles. Incluso, tenía desviaciones, esa entrevista duró mucho tiempo, cerca de hora y media. Salió agotado, pues salió a relucir sus sesiones con su psicoanalista. Su dolorosa separación y otras cosas, que un psicólogo especializado en conduca no preguntaría. Tuvo que terminar las evaluaciones en casa, ocupando hora y media, más, de su tiempo. En conjunto llevaba ocho horas y media invertidas en sus entrevistas laborales.

Falta la entrevista con el Padre Director, dijo Miss Ali Estuardo. “Tendrás que venir otro día”, dijo. Alberto jamás había estado en un proceso tan largo, desgastante, solo para enseñar español a chicos de primaria. “¿Tendré qué tener una serie de cualidades morales insuperables? ¿esposa? ¿hijos? ¿deudas? ¿hacerme viejo en esta empresa que como todas como fin tenga a bien mantener un margen de ganancias magníficas?”, pensó.

Dos días después de no recibir noticias, continuó con su búsqueda laborar. Pagos bajos, se le trataba con altivez, y un largo etcétera. En algún momento apareció un anuncio, parecía ser el menos malo, así que llamó, se entrevistó por menos tiempo con el que fungía como director, con menos rapport, le dieron el puesto. Al llegar a su casa, una hora después, se disponía a comer algo. Sonó su teléfono celular: “Maestro buenas tardes, solo para informarle que sigue en el proceso de reclutamiento...”, sonó por el auricular Miss. Ali Estuardo.


Ciudad de México
20 de agosto, 2018

sábado, 14 de abril de 2018

El contrato matrimonial


A Gabs,
el desierto está en los humanos


Todo sucedió en Plaza Calafía. Nunca supe porque la cerveza que tú vendías jamás me supo agria, como la del Tomás o de Doña Lety. Qué decir de las papitas, bien fritas. Lo cierto es que las corridas de toros nunca fueron iguales cuando te fuiste. No recuerdo sí fue con Antonio Lomelín o Pablo el Hermoso cuando me dije a mi mismo: “ya no vendrá”. Por lo que antes que pronto, me fui con tu mejor amiga de aquel antro de mala muerte, para saber donde era tu residencia.

Vivías en el Ejido Ojo de Agua, a un ladito de Maclovio Rojas. Como no pude esperar que el torero se chingara al toro, le grité alguna injuria y corrí a buscarte. Me arrepentí de no conseguir una troca, pues solo dos pinches horas me aventé para llegar aquel extremo doblemente seco. Qué vivías por la calle de las Águilas, aunque todas la calles eran igual de polvorientas. Vi a un cholito que andaba taloneando alguna moneda. “Qué jays”, dijo. Me calló bien el morro, así que no solo le completé para un caguamón completito, también me tomé una agüita mineral.

Me enteré de tu historia familiar, no entendí el enredo de familia de aquel cholito contigo, pero resultaba primo lejano, separado o fronterizo, es algo que no pude definir. Lo cierto es que después de repasar la historia de los abuelos que venían desde los mismísimos Valles Centrales de Oaxaca, lo único que puedo recordar es la retahíla de hijos que tenían distribuida por acá. Tu mamá se llamaba Blanca, de tu padre no se sabe muy bien, algunos dicen que se jué al gabacho, otros que tiraba por Nuevo Laredo.

Lo verdaderamente cierto, es que aquel cholito me calló tan bien, que le invité otro caguamón, en la segunda sesión de confesiones desérticas me contó sobre la vida sexual de sus primos y primas. El que logré retener fue el de Anastasia, la prima más guapa del ejido, a los quince años decidió irse de farra con sus amigos de la preparatoria, al regresar el artur quizo pasarse de vara, así que sin más contemplaciones le asestó una madriza que nomás lo envío al panteón. Eso fue allá por el Rancho Tres Piedras.

El cholito parecía estar más entero que yo, que ya me había chingado una coca cola. Así que decidí invitarle su tercer caguamón, “cómo se suda en el desierto, ¿no loco?”, creo que dijo. Para el tercer caguamón me empezó a contar de su vida sexual, nada grave, algunas violaciones, estupro, que me dijo es normal por usos y costumbres de donde viene. Así que antes que terminara su tercer caguamón, me fui directo a buscarte.

Me recibieron un montón de perros. Luego una señora con un palo de escoba como bastón. “Seño, estará la Rosa”, pregunté, como si te conociera desde hacía tiempo. “No está ahorita, bajó al centro”, asumí que te habías marchado para nunca más volver. Ya te veía atravesando el desierto para llegar con algún amante, novio o pollero. Agradecí, como cualquier fronterizo de fiar y me dirigí con el cholito, pero antes de llegar al lugar de los caguamones, me salió un gordo con botas de pita, una camisola purpura, y uno shorts, “¡Qué vato!”, me ninguneó el morro. “Buscando una amiga vato”, no me amedrente, total el cholito me respaldaba, que viendo me en apuros quizás dijo ahora consigo otro caguamón, llegó rapido.

Así que cuando me hablaba sobre la identidad barrial, sobre principios de ser de la parte más austral de este condenado municipio, el cholito llegó, tirando barrio le explico que era sujeto de crédito en la fonda, así que el vato con finta de vocalista de los Pikadientes de Caborca me dijo: “un guamón, vato”, así que tuve que despacharme con otros caguamones. Yo los acompañé con una tecate.

De pronto me vi blindado por el chingo de cholitos, de las identidades más bizarras que la raza humana hubiera visto. Teníamos al maya, que era Tzotzil que viéndose impedido llegar a California, vagaba por el Ojo de Agua. Estaba el Vikingo, un nórdico con un español impecable que hacía un trabajo de investigación para la Organización Internacional del Trabajo, aunque estaba de incógnito. El morro, un cachanilla cromado por el sol, aunque era más blanco que los rancheros de estos lares. El july, un haitiano que hablaba un creole-frances-español-inglés que estaba de paso, solo de paso. 

El chitón, un sicario de unos de unos 15 años, que tenía un tic nervioso en su pómulo derecho y cada quince minutos repetía: "¿lo cargamos?", decían de él, que era mejor no topárselo después de las diez de la noche, pues como los perros doberman no reconocía dueño alguno, ni el santísimo creador. Así lo atestigua su madre y uno de sus hijos, de los tantos que había procreado. La lola, había pasado la mayor parte de su vida en Perú, pero en búsqueda de su amor del cole, llegó a estos solares comunales. El wicho, un chilango que luego supe, era un sicario pagado por la Unión Tepito, para despacharse a los desertores en esta zona de la frontera.

El vocalista de los Pikadientes de Caborca, un francés que estudió en Harvard con una beca, pero antes de terminar, descubrió que su vida estaba en las periferias malditas de las ciudades fronterizas de América Latina, en esta temporada exploraba las ciudades de México y EUA, después pasaría a Guatemala, con sus compas maras. Pero estaba estancado, por su amor de siempre, la lupe, muerta hacía dos años en la línea fronteriza, cruzaba a uno pollos.

La fauna se extendía a hippies, millenaris, generación X y por supuesta Z, pero todos bien vestidos como la etiqueta cholita. Los más con sus lagrimitas pintadas en sus rostros, de esos que dicen, hablan de las muertes que han provocado, de esas dolorosas. Así era de importante el Ejido Ojo de Agua. Incluso, me enteré días antes de verte el Colegio de la Frontera Norte tenía pensado crear una sede en esta lugar.

La noche llegó, traté de despedirme, pero el vocalista de los Pikadientes de Caborca me dijo: “lo acompaño vato”. Yo acepté, pensando que en cualquier momento llegaría el golpe traidor, pero no sucedió así. Por el contrario me dijo donde encontrar a Rosa, que hacía algo así como su servicio social o algo similar, pues estaba por terminar la carrera técnica de enfermería. Así que agradecí sus aclaraciones, pero antes me recomendó no pararme por ahí nunca más.

Pos´te fui a ver, qué más podía perder además de 10 caguamones que no tiraban ni un pedo. Pues calculé que ya eran como las diez de la noche. Justo cuando tomaba la 5a, apareciste en tu traje de enfermera, ni en las mejores películas pornográficas distribuidas por el poncho vi aquella silueta que tenía frente a mi. Así que te saludé, dudaste en continuar platicando, pero te expliqué rápidamente quién era yo, como había llegado hasta ese lugar. Abriste tus ojos color almendrá un poco más, te invité un café, aceptaste.

Antes de pedir el café me preguntaste si yo no era un dealer, tratante de blancas, enfermo mental o feminicidad, negué todo totalmente. Así que para darte un poco de seguridad te dije que le llamaras a Doña Lety o a tu mejor amiga de aquel antro de perdición llamado Plaza Calafía, sí así te parecía correcto y preguntara por el Hoofman. Así que mientras preparaban tu capuchino y mi café americano, te comunicó con tu amiga. Después de unos minutos que coincidió con la llegada de nuestra comanda, fuiste directa y concreta: “¿Para que soy buena?”

En menos de treinta minutos me hablaste sobre tu proyecto de vida que incluía tu graduación, tu desarrollo profesional como enfermera, dos hijos, un esposo que trabajará a la par, un casamiento como Dios manda, que su pareja no tuviera VIH ni sífilis y por supuesto un capitalito para contribuir a la fiesta del pueblo de allá de los Valles Centrales. Por supuesto que me dejaste boquiabierto, porque mientras yo te buscaba por tu belleza, tu desplegaste el manifiesto social femenino versión fronteriza.

Sin darme tiempo a responder, dejaste la mitad de nuestro consumo en la mesa, me guiñaste el ojo, diciéndome: “si estas de acuerdo, ya sabes donde estoy”. La acompañé a su troca, por lo que puede pensar, que este móvil le facilitaba la llegada desde Ojo de Agua a Plaza Calafia. Una hora de distancia. Cuando te intenté abrir la puerta, me dijiste que tu podías abrir sola. Así que me hice a un lado, y antes que pronto arrancaste.

Aquella noche, fui a destilar mis penas con el poncho, que tenía algo de porno snuff y soft, como novedad dentro de su catálogo, que esas películas se las había mando un contacto de Hong Kong. Así que, en mi etapa romántica me decidí por el soft. La peli como casi todas las porno soft, trataba sobre pura gozadera. Era una morra entrada en sus treinta con una fantasía de esos compas que tienen más músculos en el pecho que las mujeres de tres senos imaginadas por los enfermos colonizadores de estas sagradas y desérticas tierras. Terminaba la película con un suave diálogo en un idioma que no podía definir. El vato aparecía elegante y la morra aún con semen en la boca sonreía.

Después de dos semanas de sopesar tu contrato de matrimonio, he decidido preguntarte que oportunidad tengo para desglosar algunos artículos. Por ejemplo: ¿en cuánto consisten esos dineros enviados a la comunidad de los Valles Centrales de Oaxaca?; ¿sí puede negociarse con un niño y no dos?, ya ves, de adolescentes son unos pingos,  pues en nuestra frontera la condición de pobres implica que los niños o niñas estén expuestos a la venta de órganos, la trata de blancas, al sicariato o el trabajo esclavo, imagina al llegar a la adolescencia, estarán bien enfermos. Sí, también quiero preguntarte, sí ese casamiento se podía concretar después de algún escarceo amoroso que implique mucho sexo y alguna experiencia con alguna amiga o amigo de por ahí, no soy exigente y admiro la diversidad sexual. Claro, quiero preguntarte ¿sí me aceptar como especialista en porno?

En realidad, son los puntos que he estado pensado después de esa declaración tan fuerte, pero tu belleza me idiotiza, espero poder ser coherente con mis dudas, y claro, pueda negociar, de otra manera no sé que podría hacer con todas estas fantasías que tengo para nosotros. ¿Qué me diré cuando mañana sea viejo?, mientras termino de escribir esto, veo como llegas a este negocio, donde ya he pedido tu capuchino. Espero pueda negociar tu propuesta.

Apuntes sobre la Sierra de Guadalupe

  I   Las palabras se han quedado vacías, con esta humedad elevada, esta periferia que rezuma melancolía.   La lluvias se muestran atípicas,...