Vivimos en un espacio concreto, donde el tiempo determina cualidades de cada lugar. Pienso desde aquí, me contextualiza el mundo.
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domingo, 14 de octubre de 2018
lunes, 20 de agosto de 2018
Entrevista de trabajo
...larga es la senda del perdedor
El
rapport es la armonía generada entre dos personas en una situación
común. Utilizada para obtener información por científicos
sociales, psicólogos, trabajadores sociales, etc. Es parte de la
técnicas diversas para saber sobre las condiciones del individuo o
de algún grupo social en específico. Por supuesto que a todos
favorece este fluir dentro de la tensión generada en el encuentro de
dos personas. Se dice que es un arte, necesario para los contactos
labores.
Alberto
entró a ese jardín circundado por terrazas de roca basáltica,
humedad hasta las esquinas, estructuras de concreto con sendos
jardines que solo hacían pensar en un clima generado por algún
bosque, con un suelo negro, lleno de hojarasca que mantenía el agua
en el subsuelo. Pasando el primer jardín, se extendía un edificio
de 4 niveles donde se situaba el colegio. Franqueado por altos pinos,
combinados con encinos. Frente al edificio teníamos una serie de
canchas de futbol, tenis, voleibol y un espacio de usos múltiples.
El
guardia de seguridad le indicó que esperará en el sofá de la
coordinación general, el espacio estaba lleno de cubículos
divididos por puertas de aluminio y cristal. Decidió sentarse en el
mullido sofá. Giró la cara, un hombre a lo largo del corredor le
sonreía, llegó a la coordinación extendió la mano amigablemente.
“Hola, soy el profesor Jesús”. “Soy Alberto”, respondió. Le
hizo pasar a uno de los tantos cubículos. Cerró la puerta. Comenzó
el interrogatorio: ¿dónde vives?, ¿eres casado?, ¿qué tiempo
hiciste hasta aquí?, ¿estas dispuesto a trasladarte hasta este
lugar diariamente?
Alberto
respondía con claridad. Pericia. Paciencia en las 34 preguntas que
realizó el profesor Jesús. El rapport fue una construcción
benéfica, que más tarde el investigado asocio con una suerte de
juventud, paciencia y generosidad por parte del profesor. No tardo
más de 30 minutos en aplicar las preguntas. Pasarón pronto con
Miss. Lola Estuardo. Así, que salieron de las paredes de cristal y
aluminio, caminaron por el corredor central.
El
cubículo de Miss lola Estuardo tenía en el fondo una pintura con
colores pastel, le daban vida a aquel pequeño espacio, realizado
con la técnica puntillista, la escena contenía a una mujer
caminando en una calle, de edad indefinida que asemejaba los dibujos
de los niños de kinder, donde las ventanas y las paredes parecían
no tener el concepto de tiempo o semejanza con ninguna otra. Comenzó
el segundo interrogatorio. Una mujer delgada, entrada en los
cincuenta, con exceso de maquillaje y un cabello lacio con color ocre
comenzó a hablar con Alberto.
Mujer
dura, puntual, concreta. Preguntó sobre técnicas de enseñanzas,
algún ejemplo sobre didáctica, el nuevo modelo educativo, las
competencias. Él respondía, con más inseguridad, pero respondía
con la mayor claridad a aquella mujer empoderada, entronada aquí
quizás desde hacia 20 años, cuando sus hijos fueron saliendo de
casa, sin preocupaciones más que la servidumbre que estaba al
cuidado de la casa y la comida. Alberto sólo titubeó al final. Ella
respondió que no esperaban un especialista del nuevo modelo
educativo, de otra forma se contrataría a alguien para el puesto.
No
hubo tanto rapport. Tratado como un ser elemental, Alberto se sintió
pequeño. Tardó en ubicar lo sucedido en el cubículo de Miss Lola
Estuardo. Lo cierto es, se le ofreció un sueldo mayor que el
referido por el profesor Jesús. Posteriormente, fue llevado con las
persona encargada de aplicar más de tres evaluaciones psicológicas;
siete dibujos: persona de sexo masculino, femenino, un árbol una
casa, la familia; dos historias sobre alguno de esos dibujos;
haciéndolo esperar cerca de medio hora al finalizar éstas
actividades.
Miss
Ali Estuardo, así se llamaba la especialista en reclutar al
personal, desde un principio se mostró amable y cálida. En realidad
no había contraste con nada de lo que había presenciado, desde el
paisaje boscoso, pasando por guardias de seguridad hasta
administrativos, parecería que todo estaba para servir con un buen
trato, cada quién con sus formas, pero siempre gratas y cordiales.
Alberto tomó esa amabilidad como un mal augurio dentro de ese lugar
húmedo, oasis de una megaciudad.
Alberto
fue citado para el siguiente lunes, para terminar más evaluaciones
psicométricas, de acuerdo a Miss Ali Estuardo, serían más pesados,
así que acató la recomendación de llevar comida para acabar con
las pruebas, que iban desde personalidad pasando por formas de
conocimiento hasta inteligencia emocional. Cordial, la reclutadora se
dirigió a la puerta principal de las instalaciones para despedirlo,
quizás contenta de terminar en tiempo. Justo en ese momento, el sol
apareció, pues toda la mañana y parte de la tarde el día era
nublado.
Con
hambre, Alberto se dirigió a su carro, donde guardaba una serie de
frutas para solventar la mañana, o la tarde, aunque no pensó salir
tan tarde de aquella serie de entrevistas, sin embargo, faltaban dos
entrevistas más. Comió en el carro. Guardaba con esperanza, que le
dieran ese empleo, después de dos meses y medio sin laborar, el pago
no solo vendría bien, tenía planes para regresar con su
psicoanalista, visitar ciudades cercanas a la megalópolis y cuidar
mejor su alimentación.
El
fin de semana, trató de realizar lo habitual. Lecturas, hacía
tiempo que había terminado de leer el libro de 2666 de Roberto
Bolaño, después de leer no lograba conectar con otra lectura. Había
comenzado a releer libros que tenía en el librero. Por lo que tomaba
algún libro a al azar y lo releía, días después, sin terminar de
leer el libro por completo, elegía otra lectura y repetía el
patrón. Quizás, era una respuesta de lo mal que la estaba pasando.
Cerrarse a las lecturas... quizás no había buen nivel de rapport.
Recibió
a la familia. Comieron. Habló con sus sobrinos, los cargó, jugó
con ellos. Agarró la bicicleta e intento pedalear los 10 km que
difícilmente podía llevar a cabo. Pero le sentó bien. El día
sábado y domingo estuvieron nublados, por lo que la fatiga por la
radiación solar no se presentó. Las noches fueron húmedas, el
domingo incluso llovió un poco. Estaba listo para realizar aquel
viaje a su segunda sesión de preguntas y respuestas. Durmió ocho
horas, se bañó, se vistió y calzó para seguir con el proceso de
contratación.
El
lunes después de pasar por la caseta de vigilancia, se repitió el
actuar de los vigilantes, le llevaron con Miss Ali Estuardo, espero
media hora, pues no aparecía. Gracias a una mujer que hacia
limpieza, amablemente se prestó a recordarle a la Miss. que Alberto
la esperaba. Cuando se saludaron, al parecer ella había salido de
una reunión con otros profesores. Se saludaron, el rapport, parecía,
fluía. Caminaron por los corredores, parecía que cuando bajaban
subían, debido al número de terrazas no era claro si la gente subía
o bajaba, existía una confusión.
Al
entrar a la oficina de Miss. Ali Estuardo parecía que no había
aroma, predominaba por poco el desinfectante. Anexo a la oficina
había un espacio con dos escritorios, un archivero grande y un par
de sillas. Sin
invitarle
para que ocuparas un asiento, ella trató de organizar un espacio
ficticio, después entró al cubículo contiguo. “Mira, pasa de
este lado”, dijo. Puso a Alberto a trabajar sobre múltiples
evaluaciones que iban desde hábitos de estudio, pasando por estilo
de aprendizaje hasta vida cotidiana. Sumado a las otras evaluaciones,
estaba en punto muerto.
Pero,
no terminó sus evaluaciones, antes de terminar la primera hora,
Miss. Ali Estuardo llamó a Alberto. Lo
sentó frente a sí misma, sacó el dibujo que le había pedido días
antes elaborar, su familia. Comenzó a preguntar sobre los hermanos,
las hermanas, las sobrinas. Él se sobresaltó un poco, ¿desde
cuando a las personas de recursos humanos están preocupadas por el
mito del ser? ¿no eran pura conducta?, ¿no era puro
neoconductismo?…
pues
bien,
puras evaluaciones métricas.
Alberto
respondía, a veces con lujo de detalles. Incluso, tenía
desviaciones, esa
entrevista duró mucho tiempo, cerca de hora y media. Salió agotado,
pues salió a relucir sus sesiones con su psicoanalista. Su dolorosa
separación y otras cosas, que un psicólogo especializado
en conduca
no preguntaría. Tuvo que terminar las evaluaciones en casa, ocupando
hora y media, más, de su
tiempo. En conjunto llevaba ocho horas y media invertidas en sus
entrevistas laborales.
Falta
la entrevista con el Padre Director, dijo Miss Ali Estuardo. “Tendrás
que venir otro día”, dijo. Alberto jamás había estado en un
proceso tan largo, desgastante, solo para enseñar español a chicos
de primaria. “¿Tendré qué tener una serie de cualidades morales
insuperables? ¿esposa? ¿hijos? ¿deudas? ¿hacerme
viejo en esta empresa que como todas como fin tenga a bien mantener
un margen de ganancias magníficas?”, pensó.
Dos
días después de no recibir noticias, continuó con su búsqueda
laborar. Pagos bajos, se le trataba con altivez, y
un largo etcétera.
En algún momento apareció un anuncio,
parecía ser el menos malo, así que llamó, se entrevistó por menos
tiempo con el que fungía como director, con menos rapport, le dieron
el puesto. Al llegar a su casa, una hora después, se disponía a
comer algo. Sonó su teléfono celular: “Maestro buenas tardes,
solo para informarle que sigue en el proceso de reclutamiento...”,
sonó por el auricular Miss. Ali Estuardo.
Ciudad
de México
20
de agosto, 2018
sábado, 14 de abril de 2018
El contrato matrimonial
A
Gabs,
el
desierto está en los humanos
Todo
sucedió en Plaza Calafía. Nunca supe porque la cerveza que tú
vendías jamás me supo agria, como la del Tomás o de Doña Lety.
Qué decir de las papitas, bien fritas. Lo cierto es que las corridas
de toros nunca fueron iguales cuando te fuiste. No recuerdo sí fue
con Antonio Lomelín o Pablo el Hermoso cuando me dije a mi mismo:
“ya no vendrá”. Por lo que antes que pronto, me fui con tu mejor
amiga de aquel antro de mala muerte, para saber donde era tu
residencia.
Vivías
en el Ejido Ojo de Agua, a un ladito de Maclovio Rojas. Como no pude
esperar que el torero se chingara al toro, le grité alguna injuria y
corrí a buscarte. Me arrepentí de no conseguir una troca, pues solo
dos pinches horas me aventé para llegar aquel extremo doblemente
seco. Qué vivías por la calle de las Águilas, aunque todas la
calles eran igual de polvorientas. Vi a un cholito que andaba
taloneando alguna moneda. “Qué jays”, dijo. Me calló bien el
morro, así que no solo le completé para un caguamón completito,
también me tomé una agüita mineral.
Me
enteré de tu historia familiar, no entendí el enredo de familia de
aquel cholito contigo, pero resultaba primo lejano, separado o
fronterizo, es algo que no pude definir. Lo cierto es que después de
repasar la historia de los abuelos que venían desde los mismísimos
Valles Centrales de Oaxaca, lo único que puedo recordar es la
retahíla de hijos que tenían distribuida por acá. Tu mamá se
llamaba Blanca, de tu padre no se sabe muy bien, algunos dicen que se
jué al gabacho, otros que tiraba por Nuevo Laredo.
Lo
verdaderamente cierto, es que aquel cholito me calló tan bien, que
le invité otro caguamón, en la segunda sesión de confesiones
desérticas me contó sobre la vida sexual de sus primos y primas. El
que logré retener fue el de Anastasia, la prima más guapa del
ejido, a los quince años decidió irse de farra con sus amigos de la
preparatoria, al regresar el artur quizo pasarse de vara, así que
sin más contemplaciones le asestó una madriza que nomás lo envío
al panteón. Eso fue allá por el Rancho Tres Piedras.
El
cholito parecía estar más entero que yo, que ya me había chingado
una coca cola. Así que decidí invitarle su tercer caguamón, “cómo
se suda en el desierto, ¿no loco?”, creo que dijo. Para el tercer
caguamón me empezó a contar de su vida sexual, nada grave, algunas
violaciones, estupro, que me dijo es normal por usos y costumbres de
donde viene. Así que antes que terminara su tercer caguamón, me fui
directo a buscarte.
Me
recibieron un montón de perros. Luego una señora con un palo de
escoba como bastón. “Seño, estará la Rosa”, pregunté, como si
te conociera desde hacía tiempo. “No está ahorita, bajó al
centro”, asumí que te habías marchado para nunca más volver. Ya
te veía atravesando el desierto para llegar con algún amante,
novio o pollero. Agradecí, como cualquier fronterizo de fiar y me
dirigí con el cholito, pero antes de llegar al lugar de los
caguamones, me salió un gordo con botas de pita, una camisola
purpura, y uno shorts, “¡Qué vato!”, me ninguneó el morro.
“Buscando una amiga vato”, no me amedrente, total el cholito me
respaldaba, que viendo me en apuros quizás dijo ahora consigo otro
caguamón, llegó rapido.
Así
que cuando me hablaba sobre la identidad barrial, sobre principios de
ser de la parte más austral de este condenado municipio, el cholito
llegó, tirando barrio le explico que era sujeto de crédito en la
fonda, así que el vato con finta de vocalista de los Pikadientes de Caborca me dijo: “un guamón, vato”, así que tuve que
despacharme con otros caguamones. Yo los acompañé con una tecate.
De
pronto me vi blindado por el chingo de cholitos, de las identidades
más bizarras que la raza humana hubiera visto. Teníamos al maya, que era Tzotzil que viéndose impedido llegar a California, vagaba por el Ojo de Agua. Estaba el Vikingo, un nórdico con un español impecable que hacía un trabajo de investigación para la Organización Internacional del Trabajo, aunque estaba de incógnito. El morro, un cachanilla cromado por el sol, aunque era más blanco que los rancheros de estos lares. El july, un haitiano que hablaba un creole-frances-español-inglés que estaba de paso, solo de paso.
El chitón, un sicario de unos de unos 15 años, que tenía un tic nervioso en su pómulo derecho y cada quince minutos repetía: "¿lo cargamos?", decían de él, que era mejor no topárselo después de las diez de la noche, pues como los perros doberman no reconocía dueño alguno, ni el santísimo creador. Así lo atestigua su madre y uno de sus hijos, de los tantos que había procreado. La lola, había pasado la mayor parte de su vida en Perú, pero en búsqueda de su amor del cole, llegó a estos solares comunales. El wicho, un chilango que luego supe, era un sicario pagado por la Unión Tepito, para despacharse a los desertores en esta zona de la frontera.
El vocalista de los Pikadientes de Caborca, un francés que estudió en Harvard con una beca, pero antes de terminar, descubrió que su vida estaba en las periferias malditas de las ciudades fronterizas de América Latina, en esta temporada exploraba las ciudades de México y EUA, después pasaría a Guatemala, con sus compas maras. Pero estaba estancado, por su amor de siempre, la lupe, muerta hacía dos años en la línea fronteriza, cruzaba a uno pollos.
La fauna se extendía a hippies, millenaris, generación X y por supuesta Z, pero todos bien vestidos como la etiqueta cholita. Los más con sus lagrimitas pintadas en sus rostros, de esos que dicen, hablan de las muertes que han provocado, de esas dolorosas. Así era de importante el Ejido Ojo de Agua. Incluso, me enteré días antes de verte el Colegio de la Frontera Norte tenía pensado crear una sede en esta lugar.
La noche llegó, traté de despedirme, pero el vocalista de los Pikadientes de Caborca me dijo: “lo acompaño vato”. Yo acepté, pensando que en cualquier momento llegaría el golpe traidor, pero no sucedió así. Por el contrario me dijo donde encontrar a Rosa, que hacía algo así como su servicio social o algo similar, pues estaba por terminar la carrera técnica de enfermería. Así que agradecí sus aclaraciones, pero antes me recomendó no pararme por ahí nunca más.
El chitón, un sicario de unos de unos 15 años, que tenía un tic nervioso en su pómulo derecho y cada quince minutos repetía: "¿lo cargamos?", decían de él, que era mejor no topárselo después de las diez de la noche, pues como los perros doberman no reconocía dueño alguno, ni el santísimo creador. Así lo atestigua su madre y uno de sus hijos, de los tantos que había procreado. La lola, había pasado la mayor parte de su vida en Perú, pero en búsqueda de su amor del cole, llegó a estos solares comunales. El wicho, un chilango que luego supe, era un sicario pagado por la Unión Tepito, para despacharse a los desertores en esta zona de la frontera.
El vocalista de los Pikadientes de Caborca, un francés que estudió en Harvard con una beca, pero antes de terminar, descubrió que su vida estaba en las periferias malditas de las ciudades fronterizas de América Latina, en esta temporada exploraba las ciudades de México y EUA, después pasaría a Guatemala, con sus compas maras. Pero estaba estancado, por su amor de siempre, la lupe, muerta hacía dos años en la línea fronteriza, cruzaba a uno pollos.
La fauna se extendía a hippies, millenaris, generación X y por supuesta Z, pero todos bien vestidos como la etiqueta cholita. Los más con sus lagrimitas pintadas en sus rostros, de esos que dicen, hablan de las muertes que han provocado, de esas dolorosas. Así era de importante el Ejido Ojo de Agua. Incluso, me enteré días antes de verte el Colegio de la Frontera Norte tenía pensado crear una sede en esta lugar.
La noche llegó, traté de despedirme, pero el vocalista de los Pikadientes de Caborca me dijo: “lo acompaño vato”. Yo acepté, pensando que en cualquier momento llegaría el golpe traidor, pero no sucedió así. Por el contrario me dijo donde encontrar a Rosa, que hacía algo así como su servicio social o algo similar, pues estaba por terminar la carrera técnica de enfermería. Así que agradecí sus aclaraciones, pero antes me recomendó no pararme por ahí nunca más.
Pos´te
fui a ver, qué más podía perder además de 10 caguamones que no
tiraban ni un pedo. Pues calculé que ya eran como las diez de la
noche. Justo cuando tomaba la 5a, apareciste en tu traje de
enfermera, ni en las mejores películas pornográficas distribuidas
por el poncho vi aquella silueta que tenía frente a mi. Así que te
saludé, dudaste en continuar platicando, pero te expliqué
rápidamente quién era yo, como había llegado hasta ese lugar.
Abriste tus ojos color almendrá un poco más, te invité un café,
aceptaste.
Antes
de pedir el café me preguntaste si yo no era un dealer, tratante de
blancas, enfermo mental o feminicidad, negué todo totalmente. Así
que para darte un poco de seguridad te dije que le llamaras a Doña
Lety o a tu mejor amiga de aquel antro de perdición llamado Plaza
Calafía, sí así te parecía correcto y preguntara por el Hoofman.
Así que mientras preparaban tu capuchino y mi café americano, te
comunicó con tu amiga. Después de unos minutos que coincidió con
la llegada de nuestra comanda, fuiste directa y concreta: “¿Para
que soy buena?”
En
menos de treinta minutos me hablaste sobre tu proyecto de vida que
incluía tu graduación, tu desarrollo profesional como enfermera,
dos hijos, un esposo que trabajará a la par, un casamiento como Dios
manda, que su pareja no tuviera VIH ni sífilis y por supuesto un
capitalito para contribuir a la fiesta del pueblo de allá de los
Valles Centrales. Por supuesto que me dejaste boquiabierto, porque
mientras yo te buscaba por tu belleza, tu desplegaste el manifiesto
social femenino versión fronteriza.
Sin
darme tiempo a responder, dejaste la mitad de nuestro consumo en la
mesa, me guiñaste el ojo, diciéndome: “si estas de acuerdo, ya
sabes donde estoy”. La acompañé a su troca, por lo que puede
pensar, que este móvil le facilitaba la llegada desde Ojo de Agua a
Plaza Calafia. Una hora de distancia. Cuando te intenté abrir la
puerta, me dijiste que tu podías abrir sola. Así que me hice a un
lado, y antes que pronto arrancaste.
Aquella
noche, fui a destilar mis penas con el poncho, que tenía algo de
porno snuff y soft, como novedad dentro de su catálogo, que esas
películas se las había mando un contacto de Hong Kong. Así que,
en mi etapa romántica me decidí por el soft. La peli como casi todas las porno soft, trataba sobre pura gozadera. Era una morra entrada
en sus treinta con una fantasía de esos compas que tienen más
músculos en el pecho que las mujeres de tres senos imaginadas por
los enfermos colonizadores de estas sagradas y desérticas tierras.
Terminaba la película con un suave diálogo en un idioma que no
podía definir. El vato aparecía elegante y la morra aún con semen
en la boca sonreía.
Después
de dos semanas de sopesar tu contrato de matrimonio, he decidido
preguntarte que oportunidad tengo para desglosar algunos artículos.
Por ejemplo: ¿en cuánto consisten esos dineros enviados a la comunidad
de los Valles Centrales de Oaxaca?; ¿sí puede negociarse con un niño y no dos?,
ya ves, de adolescentes son unos pingos, pues en nuestra frontera la condición de pobres implica que los niños o niñas estén expuestos a la venta de órganos, la
trata de blancas, al sicariato o el trabajo esclavo, imagina al llegar a la
adolescencia, estarán bien enfermos. Sí, también quiero
preguntarte, sí ese casamiento se podía concretar después de algún
escarceo amoroso que implique mucho sexo y alguna experiencia con
alguna amiga o amigo de por ahí, no soy exigente y admiro la
diversidad sexual. Claro, quiero preguntarte ¿sí me aceptar como especialista en porno?
En
realidad, son los puntos que he estado pensado después de esa
declaración tan fuerte, pero tu belleza me idiotiza, espero poder
ser coherente con mis dudas, y claro, pueda negociar, de otra
manera no sé que podría hacer con todas estas fantasías que tengo
para nosotros. ¿Qué me diré cuando mañana sea viejo?, mientras
termino de escribir esto, veo como llegas a este negocio, donde ya he
pedido tu capuchino. Espero pueda negociar tu propuesta.
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