jueves, 17 de mayo de 2012

Fue domingo en las claras orejas de mi burro...



Fue domingo en las claras orejas de mi burro,
de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza)
Mas hoy ya son las once en mi experiencia personal,
experiencia de un solo ojo, clavado en pleno pecho,
de una sola burrada, clavada en pleno pecho,
de una sola hecatombe, clavada en pleno pecho.

Tal de mi tierra veo los cerros retrasados,
ricos en burros, hijos de burros, padres hoy de vista,
que tornan ya pintados de creencias,
cerros horizontales de mis penas.

En su estatua, de espada,
Voltaire cruza su capa y mira el zócalo,
pero el sol me penetra y espanta de mis dientes incisivos
un número crecido de cuerpos inorgánicos.

Y entonces sueño en una piedra
verduzca, diecisiete,
peñasco numeral que he olvidado,
sonido de años en el rumor de aguja de mi brazo,
lluvia y sol en Europa, y ¡cómo toso! ¡cómo vivo!
¡cómo me duele el pelo al columbrar los siglos semanales!
Y cómo, por recodo, mi ciclo microbiano,
quiero decir mi trémulo, patriótico peinado.

Cesar Vallejo.

domingo, 13 de mayo de 2012

Llueve...



(Escúchese mientras se lee: http://grooveshark.com/s/Sleep/2WQ0RI?src=5 )

Llueve, a mi memoria llega mi estancia en aquel sórdido lugar… 

Viene a mi mente aquel hotel. Aún tengo el aroma de su semen aquí, el color cálido de las paredes de aquel cuarto aún me aturden, me ciegan. De aquella tarde su tanga anaranjada es lo más presente, lo más vivo y lo más grotesco que recuerdo. Sé que me lo pediste, tú como mi mejor amiga me pediste que lo hiciéramos los tres. Recuerdo que fue en la facultad, sí ahí por la fuente, con tu pierna cruzada y tu café que terminabas sorbo a sorbito, me lo pediste. Hablábamos de nada, como siempre. Te había elegido como mi amiga, tenías todo mi amor y compromiso, nada nos separaría me prometí cuando Héctor me dejó por una golfa grupi. ¿Recuerdas? ¿Cuántas veces me pendejeaste? Mi relación era agobiante:  “Deja de ver a ese cabrón” –cuantas veces lo dijiste-. Aquello terminó mal, muy mal, prometí no perderte como mi única amiga. Y ahí estabas hablándome sobre Dugor, tu romance de estanquillo, me emocione cuando supe que te enamorabas, ¡eso me hizo feliz!
Llueve, parece que existe una danza de horas que moja mi pasado... 

Aquel hotel. Su horrendo aroma a perfume barato. Desde ese día supe de lo agudo de mi olfato. Aquel aroma barato se asoció con el aroma de la entrepierna de Dugor, lo recuerdo bien, aunque cerraba mis ojos no me concentraba, no lo lograba hacer. A veces me digo que soy endeble con mis amistades. Me lo dijiste de pronto, así, no te gustaría hacer un trío con Dugor y conmigo. Me dejaste con la boca abierta, es cierto, sé que mi educación sexual fue dada en parte por la cantidad de pornografía que consumía cuando mis padres no estaban en casa, pero un trío era otra cosa. “Piénsalo” -me dijiste como si me ofrecieras un empleo de medio tiempo.

Llueve, poniéndome nostálgica llega el llanto que no puede ser socorrido por el olvido... 

Tocaste mis manos y abrazadas  salidos del baño, él nos esperaba en la cama,  su tanga, la tengo aquí en mi memoria, como una horrenda pesadilla exorcizada por una mala película protagonizada por David Reynoso. “Ven bufis” –te dijo Dugor-, con esa sonrisa que mostraba sus alineados dientes. Tomabas mi mano cuando te acercaste a él. Un poco de miedo, un poco de excitación me cubría. Tu baby doll negro contrastaba con la blanca piel de tu cuerpo. Te dijo una guarrada, luego otra y terminó con muchas más, cuando me vi envuelta en caricias que venían de cuatro manos que sabían eran tuyas, tan sólo me abandoné a éstas sensaciones que siempre terminan esclavizándome. Con mis ojos cegados besé tus labios, él besó mis labios, mordisquearon mi pezones, mi piel era de ustedes, ustedes eran mi piel.

Llueve, el deseo viene aletargado por tu amistad, por tu cálida sonrisa...

 Aún percibo en mis manos su miembro, cálido y venoso, aún está aquí esa sensación: sentir como entraba y salía su miembro mientras me besabas. ¿Quién era aquel? !Que no era! que configuré por ti. Esa su parte en forma de gancho me colocó en un mar de gritos que no pararon hasta que tu besaste su boca, ahí llegué tendida a ese deseo que era abandono. La noche se alargó, sin su tanga anaranjada, que arrojé por la ventana.  La noche nos cobijó con nuestros aromas, con el río de gritos que fuimos, que nunca olvidaré que fuimos. “!Buenas noches!” –dijo él, nos abrazamos quedando dormidas, escuchamos durante la noche puertas que alguien cerraba y abría hasta muy entrada la mañana.

Llueve, tu generosidad aún la tengo presente, sacude mi vida... 

“¿Te gustó?” -Me preguntaste. Platicamos por horas, sobre el encuentro, como si nuestra complicidad se ahondará más y nuestro entendimiento del mundo se redujera a un encuentro sexual que nunca supe de nosotras. Pero te dije claramente que aquello era más bien de ustedes, que no contarás conmigo para futuros encuentros sexuales. A partir de aquel día las cosas no cambiaron para nosotras, ese encuentro nos había unido,  supe que serías mi amiga por siempre. Un mucho de complicidad se alojó con la lluvia.  A quien por ratos no soportaba era a Dugor, si bien fue la única vez que lo hicimos, algo en sus guarradas me perturbaban sobre manera, no sé con precisión que era, quizás era esa sonrisa que se transformó en una mueca sórdida, o era aquel recuerdo de su tanga naranja que no puedo borrarla de mi recuerdo.

Llueve, el cielo se tuerce en su tristeza…

 El color morado me gusta en mis uñas. Aquel día en que Dugor y yo fuimos a la facultad de ingeniería no pudiste ir, o no lo sé, sí no quisiste ir. Dugor me dijo que esas uñas iban con el baby doll que usaste aquel día. Recuerdo que llovía tanto que me resfríe, dejé el suéter en la biblioteca y claro, me enfermé. Fue el principio de mis dolencias respiratorias, que se sumaron a la infección de mis vías urinarias. No recuerdo que él me molestara más, con algún comentario sexual. Me llamaste en la noche para repetirme que lamentabas no habernos acompañado. Te tranquilicé, no estuvo tan buena la obra de teatro: “sí, me lo dijo Dugor” –dijiste.

Llueve, las horas no ponen en su lugar mi mente..

Terminaba el semestre, la temporada de lluvias había llegado, o no se iba, no lo sé. Las cosas comenzaron a enrarecerse, Dugor me hacía comentarios guarros precisamente cuando tú estabas ahí, la primera vez lo pasé por alto, me pareció chistoso y casi divertido. Pero algo me incomodó, así que tuve que huir de ambos, estaba contigo cuando estabas sola. Así terminaron mis exámenes, vendrían las vacaciones, mucho tiempo para leer, para mortificar a mi madre con la luz de mi cuarto encendida hasta muy tarde. “Qué bonita liz” –me decía mi madre-.

Llueve, ni los brujos pueden sublimar mi confianza doblegada... 

Era agosto, leía con devoción a Cortázar, las horas pasaban entre apapachos de mi madre y café. Me llamaste para decirme que me querías ver, si podía esa noche, respondí afirmativamente, quedamos de vernos cerca de aquella paletería. Una noche antes me llamaste para contarme de lo desquiciante que era vivir con Dugor, tenía mes y medio que no nos veíamos, mucho menos nos llamamos. Me puse mis botas y salí dispuesta a enfrentar el vendaval que ahogaba a la ciudad. 

Llueve, mi gesto te buscan pero todo es en vano… 

Llegaron en un carro. Con un gesto me recomendaste subir. Subí. Dugor lucía más extraño de lo normal, ido y con un rostro tan rojo que me recordó un guiso de mi madre. “¿Qué onda?” Salude besando tus mejillas, hice lo mismo con él. Algo me perturbaba. La lluvia arrecio. Tuvimos que gritar para escucharnos, pues el golpeteo de las gotas de agua sobre la carrocería impedía una buena comunicación. De pronto salió el tema de aquella noche en el hotel, intenté despedirme, me convenciste de quedarme, ustedes estaban tan excitados no entendía el por qué de su frenesí, imaginé que algo se había metido, sus rostros estaban desencajados y un acento inusual en tu hablar, me hiciste pensar que eras una desconocida.

Llueve, con cuanto ahínco sigo buscándote… 

Me convenciste de ir a un hotel con ustedes. Adentro les dije que yo no participaría. Aquello pareció impactarles más, besándose con más deseo y pasión. Mientras decidí tomar una cerveza del six que llevaban. Se desnudaron, pasó por mi mente que no debería estar ahí. Así que me levante y me despedí. No sé como me alcanzaste golpeándome en la frente, me fui de espaldas y caí de sentaderas. Mi espalda empezó a arder y mi cuerpo no reaccionaba, comencé a llorar. Dugor envolvió tu cabeza con una bolsa de plástico. No recuerdo más, me desvanecí.

Llueve, mi vida se convirtió en un sueño desesperado...

“Señorita”, “señorita”, me despertó un oficial de seguridad pública. Vi tu cabeza que colgaba de la cama, tu cabello, tu cabello inerte con aquel tinte que yo misma te unté. Comencé a gritar. Me desvanecí nuevamente, como queriendo ausentar de una decisión que no era mía. Desperté nuevamente en la oficina del Ministerio Público. Todo mi cuerpo reaccionaba, pero también temblaba, temblaba por lo que sentía se avecinaba.

Llueve, como si fuera la última vez que cayera agua...

Recuerdo que llegó la Ramona: “¿Qué pedo pendeja?”  llegó manoteando, “sabemos que no tienes madrina, aflojas o te lleva la chingada”. La tarde que llegué a este centro de readaptación fue el principio de una purga personal, nada de purgas sociales. La Ramona tenía su séquito de mujeres-amantes, yo era de las favoritas, pero eso no evitó que una noche cuando se metió una cantidad desmedida de coca y alcohol me rentara por una noche con la celadora en turno. La odie desmedidamente, al día siguiente la Ramona me pidió perdón, por supuesto la mandé a chingar a su madre, desde ese día no la he dejado tocarme. Ha tenido cuidado de encerrarme en nuestra celda cuando tiene sus excesos de todo,  para que no ande haciendo pendejadas conmigo, le he advertido, “una más y te vás a la mierda culera, no soy tu pendeja”.

Llueve, con tu ausencia que fue imagen…

En esta celda siempre se inunda el piso cuando llueve. Ramona ha prometido que me cambiará, pero algo anda mal, sus influencias están desapareciendo. Dicen que los de arriba la traen contra ella, yo sé que otras viejas están jalando más con su cuerpo y tiran más dinero de lo normal, por lo que anulan el poder de la Ramona. Ya le advertí, te apendejas y mis tetitas no podrás ni tocarlas. Pero todo es en vano, cada vez se pone difícil la situación. Ayer llegó la pitufa, poniéndonos  sobre aviso: “una pendejada más de la Ramona y se las carga la chingada”.  Hace unos minutos llegó nerviosa la Ramona, “mi lis” tendrás que hacer un servicio fuera de la cárcel.

viernes, 4 de mayo de 2012

Entradas...


Amaneció tarde para ti. Dicen que te trajo el muelas, tu madre solo atino a botarte en la cama porque gimoteabas. Con un fuerte dolor de cabeza reviviste al mundo, un poco de agua, un poco de cama para ti estaría bien. Así que permaneciste ahí, sólo te quitaste los zapatos, que aún tenían sangre y lodo de la pelea de ayer, o de la antier, no lo sabes con seguridad.

Fado


Reflexionando con Amarillo...


La extrañeza de lo real. Dice Tzvetan Todorov (La conquista de América, 2003) que los colonizadores en el siglo dieciséis de la vieja Europa sólo interpusieron su imaginario a la tierra no conocida, desatando así  sus fantasías más exorbitantes sobre lo que era otro. Comenta Roger Bartra (El Salvaje en el espejo, 1998) que a nuestros más recónditos temores los sepultamos en la parte más oscura, en la parte más incomprensible de la tierra: los bosques, el desierto, esos lugares que en siglos pasados no eran totalmente cartografiados y mucho menos reconocidos. Lo extraño no sólo yace en la mente humana, el humano transforma la extrañeza en un paisaje solidamente físico.  Lo real se vuelve extrañeza.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Divagación del puerto

Es claro:
me gusta más Veracruz,
que Curazao.
Aquí llega la primavera
en buque de vapor
y allá en barco de madera,
Y con la primavera
el amor.
Mi baúl está lleno de huellas
de Nueva York
de Colombia y de Venezuela.
Dulce melancolía
de viajar.
Ilusion de moverse a otro poema
que alguna vez se había de cantar.
Nueva York se opuso a mi conciencia
pero esta invaluable ciudad,
incluso Rockefeller y Roosevelt,
por cinco centavos la pude comprar.
¿Verdad Mr. Woolworth?
Más una tarde aguas fuertes costosísimas
húbela de abandonar.
(Crepúsculo desde el puente de Brooklyn
y última hoja otoñal.)
¡Viajar!
Es una ilusión
más.
En Cuba bailé un danzón
-impresión de baño de mar-,
adivinad: punto y guión.
La Habana
con su abanico suave
Y su mujer imposibilitada
para ser Beatriz.
(Allí han estado Cleopatra Faraona
y Teodora Emperatriz
El que de Roma va pierde su Roma.
Cigarro y hembra viva; madrigal de Hafiz.
En las travesías
la luna exagera
mi melancolia.
Desde la cubierta,
La noche adsoluta, íntegra, perfecta,
me echa en cara su oro desde las estrellas.
Momento inexorable de ignorancia,
estupidez y miseria.
El intimo desorden de mi raza.
Kant aplastado por Inglaterra.
La inutilidad de mi vida.
El mendigo que espera.
Los ricos y la ingratitud eterna.
Y sobre todas las cosas,
la infinita tristeza
de Nuestro Señor Jesucristo,
En las últimas tardes de Galilea.
Y el ansia de ser bueno y humilde,
y, sin embargo, querer izar muchas banderas...
En las travesías
la luna exagera mi melancolia.
En Veracruz hay muchos tiburones
que comen yanquis con frecuencia.
Truculento plato de ladrones.
Las tardes son mejores
que las de curazao.
Las mujeres van desnudas
en su confulación trapos.
Recuerdo que allí tuve un amigo
que me decía: "No seas guaje,
con guitarras y liras
iniciemos mejoras en el paisaje.
Yo traeré de mi casa unas sillas
y tú las forraras con celajes".
Mi amigo se fue con una bailarina
Y ahora vive de estibador en el Havre.
Viajar;
es una ilusión más.
Alma mía que te estristeces
por la tristeza humana,
y construyes a la luz de la luna
una Ciudad Sagrada.
Tú te sabes quedar sola en el puerto
para encender el faro.
Salvate de la angustia
de tu primer naufragio
y escoge la estrella futura
a donde irás a cantar otros cantos.
En tu Universo propio hay una hora
inaugural de tu destino:
!Líbrate de no escucharla, cuídate de no sentirla!
y haz de tu vida un tiempo joven
que centralice todos los caminos.

Piedra de los Sacrificios, 10;1924.
Carlos Pellicer

Apuntes sobre la Sierra de Guadalupe

  I   Las palabras se han quedado vacías, con esta humedad elevada, esta periferia que rezuma melancolía.   La lluvias se muestran atípicas,...