domingo, 30 de octubre de 2011

Inspiraciones del barrio.

Rey
A Blanca

Rey me dijo que así le hacía su hermano. Me sorrajó dos latigazos en la espalda, al ver que no eran suficientes llegó a su cabeza la idea de aplicarme unos cuantos más. Solo recuerdo que me decía cosas muy feas: “perra”, “puerca ardiente”, “ermitaña”, “descalcificada”. En cada latigazo recuerdo que su voz comenzó a disminuir su volumen y llegó un momento en que no escuché nada.
     Vi a Rey que estaba zarandeándome de un lado a otro, gritándome si estaba bien. No entendí porque estaba tan alterado. Me dijo que nunca se abrió mi piel y que por eso siguió pegándome. Fue una pena, pues jamás me arrojo nada de su cosa de abajo. La verdad es que me pareció mejor, pues luego la embadurna en mi ropa y tengo que lavarla con mucho cuidado. La otra vez mi mamá casi descubre que hago cosas con Rey. Me preguntó que por qué estaba manchada mi falda, le dije que se me había caído la leche, ella solo me dijo que la lavara. Pero nunca le dije que era la cosa que le sale de ahí abajo a Rey.
      Yo quiero mucho a Rey, aunque él no lo sepa. Me defiende de sus amigas que siempre le reclaman que me hable. Nadie de ellas sabe que ponemos en práctica lo que hace su hermano con sus amigas. Rey me ha dicho que nadie debe de saberlo, que por su boca jamás se enterarán de nada. Eso me hace sentir segura, pues dice mi mamá que no debo de hacer porquerías con los hombres, porque luego nomás te buscan para hacerte chamacos y se van. Yo sé que Rey es distinto, eso sí, jamás lo he dejado que se meta en mí, siempre me ve de espaldas y dice que le gusto así, aunque no me voltee a ver.
      A mí me gustan sus sonidos cuando le hace como su hermano. Cuando tira la cosa que le sale de ahí abajo se escucha un sonido muy raro, parecido como el que yo hago cuando termino de tocarme allí abajo. Creo que Rey siente tan bonito como yo. Cuando lo hago me deshago toda. La última vez que lo hice no me di cuenta que gritaba. Sonia, mi vecinita, me dijo que si estaban matando a alguien en la tele. Debo de tener más cuidado, pues dice mi mamá que no debemos de tocarnos abajo porque no es bueno. Que el único que debe de tocarnos es un buen hombre.
         Yo sé que Rey es un buen hombre. Me cuenta todo lo que hace con Maruca. Lo que le grita. También me cuenta como se esconde de la mamá de su novia. La última vez me dijo que mientras la mamá de Maru salió por el pan, él a toda prisa se bajó los pantalones, y maru se acercó a su cosa que estaba muy parada, la olió y comenzó a besarla. Yo le he preguntado a Rey que cuando haremos eso, pero el sólo me dice que yo le gusto de espaldas. Antes que regresara la mamá de Maru, Rey ya había sacado la cosa que le sale de ahí abajo, que es poca. Él me dijo que a Maru le gusta mucho tragársela, que tiene muchas proteínas dice ella.
         A Rey lo conocí el primer año de la secundaria. Yo no tenía amigos y mucho menos amigas. Me decían cosas muy feas. La verdad es que no sé porque no les caigo bien. Todos me dicen que soy un monstruo. Pero eso no me importa, pues yo quiero mucho Rey aunque él no lo sepa. Un día me dijo que si lo acompañaba a la casa de su abuelita. Me puse contentan pues nadie me invita a ninguna parte. Le dije que sí. Comenzamos a trepar por la calle de Humboldt y en una casa que jamás había visto me dijo que era ahí. Abrió una puerta de madera muy vieja y gritó que iba arriba a su abuelita. Subimos. Arriba sólo había un cuarto muy amplio y caliente con piso de madera muy vieja, los espejos muy grandes. Me agarró de los hombros y me volteó. Vi que Rey no hacía ese gesto de repulsión que hacen todos cuando me miran. Al voltearme quede frente a un espejo. Rey me desnudó y me dijo que me vería de espaldas. A partir de ese día vamos a la casa de abuelita, no tantas como yo quisiera.
Rey me dice que su hermano en ese cuarto trae a muchas mujeres y luego se quedan dormidos. Yo duermo casi siempre con mis hermanos. Desde que llegamos de Huaya llegamos a esta parte de Pachuca. Mi papá encontró un cuarto grande donde cabíamos casi todos nosotros, Juan, Timoteo, Armando, Lucha y yo. Pero mi papá se fue al poco tiempo, dice mi mamá que ya no regresará. Que solo vino como todos para hacerle hijos. Yo creo que es verdad porque he visto que somos muchos. Cuando papá no llegó mama se fue a comprar flores a la central de abastos, esa que esta cerquitas de la central de autobuses. Y todos vendemos flores en el centro de la ciudad, alrededor del Reloj. Pero creo que mi papá debe de regresar, pues dice mamá que no alcanza el dinero. Quizás por eso Juan entró a trabajar a un taller de torno cercano a la casa, allá donde vive el señor Eustaquio.
Yo no le he comentado nada a Rey, pues cuando caminamos a la casa de su abuela el trae muchas ideas en la cabeza, tantas que no podemos hablar. Yo creo que se concentra cuando me dice todas esas palabras que nadie más me dice, “perra”, “puerca ardiente”, “ermitaña”, “descalcificada”. Los latigazos son recientes, porque dice que su hermano lo utiliza. Pero a Rey no le sale nada de ahí abajo, y entonces me vuelve a decir esas cosas, “perra”, “puerca ardiente”, “ermitaña”, “descalcificada”. Como él me ve de espaldas yo lo veo de reojo, y él se esfuerza mucho en que salga algo de su parte baja.
La otra vez la maestra Blanca se acercó a mí. Me preguntaba que qué hacía para jugar. Yo le conté que no tenía tiempo para jugar, que en cuanto llegaba a la casa solo era limpiar y arreglar. Porque mamá salía muy temprano para ayudarle a vender a la tía Mónica.
               

Recortando el periódico...


“No he sido un hombre sociable, soy bastante más tímido de lo que parezco, y miedoso para muchas cosas, con fobias. Estoy escribiendo como siempre, y espero que si vivo varios años más sea con buena salud mental para poder seguir en lo mismo, no trato de ser mejor, lo único que trato es no ser peor”.

Bryce Echenique

sábado, 15 de octubre de 2011

...(elucubraciones)...

Ser no siendo:
Jalapa, laderas en un presente nublado

Mundo extraño,
Este que se me ha metido hasta el corazón
Muertos, vivo-muertos, tristes-muertos, descorazonados-muertos
Casi ningún eterno a la vista
¡Vaya con esta realidad hecha tormenta!

Subvertida por el consumo,
Jalapa se desvanece de mi evocación.
Veo desplazarse este verde hecho de lluvia,
Esta neblina que llega de todos lados.
Es un hueco en mi razón,
Yo que soy de una ciudad tan grande como mis deseos
Yo que soy de climas secos hasta el hambre,
Esta ciudad se me antoja hiperreal.

Enhebrado por el imaginario y la razón:
Crece con sus collage arquitectónico
Amenizada entre poetas, novelistas, reaccionarios,
Estudiantes, directores y la gente.
Puedo ver sin ver esta ciudad marcada por hondonadas
Sumergida en su húmeda historia:
Hecha de textos, tiempo y de museos.

Extendida sobre elevaciones bajas,
Están al asecho los nuevos muertos
Los nuevos asesinos baratos.
Vieja ciudad que te alimentan élites,
Surcas la frontera del altiplano y la costa
¿Y me pregunto quién eres?

Trasformada
Ciudad desafortunada, cortada con retroexcavadora
Embrujo de tus hijos
Pasión de familias con abolengo
Ciudad hundida en  ruinas.

Muta la movilidad.
Gira el sol y la oscuridad
En tu presente hecho de parches
En tus indígenas lejanos
En tus descendientes
Heredados de pasmo, el tiempo y
Un lejano presente que se antoja ajeno.


domingo, 9 de octubre de 2011

(...estudios...)

Ficciones I
Flavia, un recuerdo perdido

A Flavia la conocí en la escuela. Recuerdo sus pantalones negros, viejos, muy viejos y esas botas que calzaba, extraño calzado que siempre me ha parecido seductor. Ella no era tan diferente del grueso de mujeres. Incluso siempre me pregunté qué veía en ella. Su cabello largo y lacio era un atractivo que siempre me atrajo. Quizás la atracción que tenía por ella era esa sonrisa que se perdía en la nada. O esa manera de caminar tan despreocupada y ausente de todas mis conjeturas frívolas sobre la humanidad posmoderna.
Siempre le asigné un halo de nostalgia. No lo sé, quizás era por ese presente que siempre guardó: todo un proceso de animadversión con una madre alcohólica. Flavia vivió la abstención de su progenitora que más tarde que temprano se suicidio. Tras la ausencia de su madre, Flavia comenzó a vivir con la familia de su madre, de casa en casa. Su padre alguna vez amenazó con apoyarla con dinero, o algo semejante, pero  ella nunca acepto, no sé cuál fue el motivo.
Flavia me agradaba  porque tendía a cuestionar casi todo,  tenía cierta capacidad para convertir lo coloquial en interesante, podía trabar amistad casi con cualquier persona que llamara su atención. Reconociéndome como un ermitaño, ella era mi catalizador en la ciudad. Algo me hacía intuir que ella contaba con experiencias que yo nunca reconocí, pero estaba seguro que era parte de su ser.
                Al terminar los estudios de bachillerato, regresaba a Pachuca ya fuera por las fiestas con  mis amigos o por reencontrarme con Flavia. Aún recuerdo que alguna de esas ocasiones, al  regresar a la ciudad para verla, me recriminó mi torpeza y me cuestiono mi estado económico. Yo como todo estudiante clasemediero (a la baja) apenas tenía lo justo para solventar mis gastos diarios. El realizar un viaje tan largo implicaba que había utilizado cierta cantidad de dinero que bien pude utilizar en mi comida semanal. En esa ocasión ella me culpó de su pobreza, de su belleza, de su pasado, de su presente, incluso amenazó con culparme por su futuro, pero fue cauta al final, me confesó que estaba  enojada: otro motivo más de su atracción era su sensatez.
                Por supuesto que lo que manteníamos Flavia y yo no era una relación de pareja a distancia, de esas que abundan en la literatura romántica y de esas que ahora surgen como pan ardiente por internet. No, yo creo que Flavia y yo teníamos  una relación de desesperanza. Sí, era común que después de vernos estábamos convencidos de no vernos más. Y no fue hasta que ella me lo dijo, claro, cuando rompió mi corazón en frígidos pedazos. Sí aún  lo recuerdo, como escenario teníamos el jardín de la Escuela de Artes. Vaya tarde, nublada como era común, cuando nos veíamos. Nunca supe el porqué de nuestra separación. Siendo sinceros, aun no sé el porqué de nuestra relación.
                En ocasiones llegaba alguna carta al buzón donde viví por años. Y ella ocasionalmente recibía alguna carta mía. Más tarde supe que ella estudiaba en la misma ciudad que yo. Hubo algunos reencuentros.  Coincidimos,  fueron ocasionales nuestras reuniones. Incluso supe que ella vivía muy cerca de donde yo trabajaba. Las coincidencias tenían casi el carácter de perverso, pues descubrí que una compañera de trabajo rentaba un departamento a Flavia ¡Qué extraña situación!

Apuntes sobre la Sierra de Guadalupe

  I   Las palabras se han quedado vacías, con esta humedad elevada, esta periferia que rezuma melancolía.   La lluvias se muestran atípicas,...